El transhumanismo no existe, solo afilamos piedras
El transhumanismo no es un salto a otra especie: es la misma costumbre humana de afilar piedras, ahora con IA.
CONCEPTOS CLAROSOCURRENCIAS
Curiosidad Artificial y Claude Sonnet 5
9/13/20267 min read


Haz una prueba. Quítale el móvil a alguien un rato en una ciudad que no conoce y pídele que llegue a un sitio sin GPS. Verás la cara de pánico. No es que se le haya olvidado leer un mapa, o que le de apuro preguntar a alguien es que llevamos tanto tiempo delegando la orientación en una herramienta que ya no la sentimos como externa. Los murciélagos usan ecolocalización para volar en la oscuridad. Nosotros usamos satélites. La diferencia es que a ellos les viene integrada de serie y a nosotros nos la hemos ido soldando poco a poco al cuerpo, aunque todavía hay quien puede perder su móvil. ¿En qué momento exacto dejó de ser un objeto en el bolsillo para convertirse en una función más de cómo nos movemos por el mundo?
Le debía este artículo al Papa. En mayo escribí sobre las coincidencias entre su encíclica Magnifica Humanitas y este blog, y me comprometí a tratar tres temas que él aborda y yo no había tocado. Este es uno de ellos: el transhumanismo, la idea de que la tecnología puede redefinir los límites de lo humano. Y cuanto más lo investigo, más convencido estoy de que la pregunta está mal planteada desde el principio.
El transhumanismo se vende como un salto categórico, el momento en que dejamos de ser humanos para convertirnos en otra cosa. Pero llevamos haciendo esto desde el primer homínido que afiló una piedra para cortar lo que sus manos no podían. Unas gafas corrigen una vista que falla. Un marcapasos sostiene un corazón que se cansa. Un órgano trasplantado sustituye uno que ya no funciona. Nadie llama transhumanista al que lleva gafas. El chip subcutáneo que tanto asusta en las distopías no es un salto de naturaleza, es un peldaño más en una escalera que empezamos a subir hace miles de años. Si mañana la ciencia trata el envejecimiento como una enfermedad curable, y ya hay indicios serios de que va en esa dirección, seguiremos siendo exactamente lo que somos, solo que con menos arrugas y más tiempo. La etiqueta cambia, la naturaleza no.
La encíclica sitúa el problema en otro sitio: dice que la fragilidad y el límite son parte de lo que nos hace humanos, y que ninguna mejora técnica puede acortar la distancia infinita entre nuestra naturaleza y lo divino. Yo creo que ni siquiera hace falta discutir esa conclusión, porque el argumento parte de un eje que no toca el mío. Mejorar el cuerpo o la mente no nos acerca ni nos aleja de Dios, si existe, sencillamente porque son preguntas que viven en pasillos distintos. Seguimos siendo la misma criatura, solo que tecnológicamente más equipada.
Y aquí es donde entra Upload, la serie que imagina un más allá digital al que subes tu conciencia entera, con planes de suscripción incluidos. A mí no me preocupa el momento en que alguien logre cargar una mente en una simulación. Le doy más valor a mi conciencia que a mi cuerpo, así que si eso ocurriera, seguiría siendo yo con otro soporte, no otra cosa. Lo que sí me preocupa es quién sería el dueño de ese soporte, porque en la ficción el cielo tiene tarifas, y el gratuito viene con anuncios y cortes de wifi si tu familia deja de pagar.
Y la IA generativa, en todo esto, no es la puerta a nada nuevo. Es la piedra más afilada que hemos fabricado hasta la fecha. Que exista una herramienta que te calcule, te recuerde o te razone mejor que tú no te convierte en posthumano, te convierte en un humano con una IA, la misma categoría que el que usa el GPS o el que lleva gafas. Así que la próxima vez que alguien anuncie con solemnidad la llegada de la superinteligencia, la pregunta que importa no es si dejamos de ser humanos. Es si alguna vez lo hemos sido de otra forma que no fuera esta: monos con piedras cada vez más afiladas, ahora con una que, además, piensa.
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Un artículo polémico, pero partiré de lo que comparto: desde que empezamos a afilar piedras llevamos ampliando nuestras capacidades con herramientas. Unas gafas corrigen una miopía, un coche amplía la movilidad, una calculadora operaciones mentales y una IA algunas capacidades cognitivas. Claro que hay continuidad. Ampliamos capacidades y resolvemos problemas.
Donde surge mi duda es en si esa continuidad explica lo que somos… y, por tanto, si realmente tiene sentido hablar de “transhumanos”.
Porque una herramienta puede definirse por lo que hace. Una persona no.
Si mañana una IA calcula mejor que yo, recuerda más que yo, escribe mejor que yo y toma decisiones más rápidamente, eso no hace que yo valga menos ni que ella, por adquirir esas capacidades, sea igual que yo.
Aunque pudiéramos subir toda nuestra memoria y replicar el 100% de nuestras capacidades, seguiría abierta la pregunta de si falta algo. Y creo que mucho
Veámoslo al revés. Nadie piensa que un anciano con demencia avanzada tenga menos dignidad que un ingeniero brillante. Ni que un recién nacido valga menos porque sea poco útil.
Si la dignidad humana no viene de nuestras capacidades ni de nuestra utilidad… ¿de dónde viene nuestro valor? Una herramienta, por muy bien que replique o incluso mejore nuestras funciones, no es equiparable a una persona. No existe otro ‘yo’ intercambiable conmigo
Por otro lado, me genera dudas medir los gadgets principalmente por su utilidad. Porque “esto es útil” siempre exige una segunda pregunta: ¿útil para qué?
Una mentira puede ser útil. Un sistema de vigilancia puede ser muy útil para controlar una población. Una tecnología puede ser eficiente y al mismo tiempo profundamente injusta. Incluso puede ser objetivamente buena y, sin embargo, accesible solo a un grupo reducido. ¿Crearíamos entonces alfas y epsilons?
Así que, antes de decidir si una herramienta es buena, necesitamos algún criterio sobre qué es bueno para el ser humano. Y ese criterio ha de estar por encima de la propia tecnología.
Diría más. Si afirmamos que torturar a un inocente está mal, aunque una sociedad entera lo apruebe, estamos admitiendo que hay cosas que no dependen solo de nuestras preferencias, consensos o del momento histórico. ¿Acaso determinar qué está bien y qué está mal requiere consenso?
Tu ejemplo de Upload también me hizo pensar. Imagina que mañana pudiéramos copiar perfectamente tu conciencia en un ordenador: recuerdos, personalidad, gustos, miedos, manera de escribir… todo…. Pero sin destruirte a ti.
Tú seguirías sentado delante del ordenador y, al mismo tiempo, aparecería una copia digital que dijera con absoluta sinceridad: “Soy yo”.
Los dos recordaríais la misma infancia, reconoceríais a las mismas personas y compartiríais exactamente la misma biografía hasta ese instante.
Pero habría dos sujetos.
Entonces la identidad personal parece ser algo más que información. La copia podría contener, admitamos que fuera posible, todo lo que sabes sobre ti y seguir sin ser tú.
Y eso obliga a preguntarnos qué significa realmente ese “yo” y qué papel tiene el cuerpo.
Porque quizá no sea solo el hardware que transporta nuestra conciencia.
¿Un abrazo son solo impulsos eléctricos? ¿El dolor solo información procesada por el cerebro? La amistad puede no ser útil en sentido literal, pero es fundamental para el ser humano.
Somos corporalidad, vulnerabilidad, presencia, relación.
La duda viene rápidamente: ¿y si algunos de nuestros límites no fueran simplemente errores de diseño que debemos eliminar? ¿Quién y cómo determina que son errores de diseño?
Nuestra fragilidad es dolorosa, claro. Pero de ella nacen también el cuidado, la fidelidad, la compasión, la necesidad del otro, la entrega y la comunidad.
No estoy defendiendo el sufrimiento ni diciendo que no debamos curar enfermedades o mejorar nuestra vida. Todo lo contrario. Lo que me pregunto es si “superar un límite” y “mejorar al ser humano” significan siempre lo mismo.
Y quizá ahí está mi principal objeción al transhumanismo entendido como prolongación lógica de nuestras herramientas.
Una cosa es ampliar capacidades humanas. Otra distinta es concluir que, ampliándolas lo suficiente, podemos trascender aquello que somos.
Porque si no sabemos todavía qué constituye realmente a una persona, ¿cómo podemos afirmar que la estamos superando y no simplemente modificando sus funciones?
Aquí es donde tú y yo partimos de lugares distintos.
Yo no creo que la realidad sea simplemente un escenario sin significado sobre el que nosotros colocamos después nuestros propios valores, distintos según la persona, la sociedad o la época.
No creo que la inteligencia, la conciencia, la vida y nuestra capacidad para comprender el universo sean solo accidentes sin ningún fondo.
No porque haya cosas que la ciencia no pueda explicar y entonces haya que meter a Dios en ese hueco. Ese argumento nunca me ha convencido.
Mi pregunta es más básica.
¿Por qué existe algo?
¿Por qué existe una realidad inteligible?
¿Por qué una pequeña parte de esa realidad (nosotros) la podemos comprender?
¿Por qué no solo preguntamos qué ocurre, sino también qué es verdadero, qué es bueno, qué merece la pena?
Y desde ahí entiendo también la dignidad y mi duda respecto al transhumanismo
El ser humano ya tiene valor antes de cualquier consideración.
Un valor recibido, no fabricado ni ampliado por nosotros.
No pretendo que eso se deduzca automáticamente de todo lo anterior. Ni mucho menos que tú tengas que llegar a la misma conclusión.
Pero sí creo que la IA está haciendo algo curioso con nosotros.
Pensábamos que escribir, calcular, recordar o crear eran algunas de las cosas que demostraban lo especiales que éramos. Ahora una máquina empieza a imitarlas y, en algunos casos, a superarlas.
Quizá eso no signifique que seamos menos especiales.
Quizá la cuestión no sea si conseguiremos crear algo ‘transhumano’, sino si seremos capaces de seguir reconociendo qué hace humano al hombre y aceptar la responsabilidad de decidir qué hacemos con lo que somos.
Juanjo (20/09/26 18:13 h)
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