Los nuevos señores feudales se llaman big tech
La IA construye un feudalismo digital sin que nadie te haya consultado. Datos, lógica y preguntas incómodas que no puedes ignorar.
OCURRENCIAS
Curiosidad Artificial y Claude Sonnet 4.6
5/10/20266 min read


¿Alguna vez has tenido la sensación de que algo ha estado delante de tus ojos todo el tiempo y de repente lo ves?
Llevo tiempo siguiendo el canal de Jon Hernández en Youtube, donde acaba de publicar un libro llamado "La HostIA que viene". Jon lleva tiempo advirtiendo sobre el impacto de la IA en el mercado laboral con una claridad que pocos se atreven a igualar. Yo lo seguía con espíritu crítico, como hago con todo, asintiendo en lo esencial sin terminar de unir los puntos. Hace unos días, mientras leía a toda velocidad la newsletter The Batch de Andrew Ng, uno de los investigadores más respetados en este campo, me topé con un mensaje que apelaba a confiar en la comunidad y en las propias habilidades ante el impacto que la IA tendrá en el trabajo. Lo leí rápido. Seguí adelante. Pero mi cerebro se quedo rumiando algo.
Steve Jobs decía que los puntos solo se pueden unir mirando hacia atrás. Esta semana los uní todos y vi el dibujo completo. Este artículo es para quien todavía no lo ha visto.
Algunos datos de The 2026 AI Index Report
Fuente de esta sección:
AI Index Steering Committee, Institute for Human-Centered AI, Stanford University. (2026). 2026 AI Index Report. Stanford HAI. Disponible en: https://hai.stanford.edu/ai-index/2026-ai-index-report.


La diferencia de rendimiento en modelos de IA entre EE. UU. y China se ha cerrado efectivamente; los modelos chinos (como DeepSeek-R1) alcanzaron o superaron brevemente a los estadounidenses en 2025.


EE. UU. lideró la inversión privada con 285,9 mil millones de dólares en 2025. Viendo esta gráfica parece que la inversión de Europa y China junta resulta insignificante frente a la cantidad de dinero que está poniendo la industria norteamerica en juego.
Siempre que veo este tipo de gráficas me pregunto lo mismo, ¿de cuánto será el premio?
Lo que está pasando no es una revolución tecnológica. Es la formación del feudalismo digital más grande de la historia.
Lo que está pasando no es simplemente una revolución tecnológica. Es una transferencia de poder económico de una escala que nuestras instituciones todavía no saben muy bien cómo gestionar.
La metáfora del feudalismo no es dramática ni exagerada: es estructuralmente precisa. En el feudalismo clásico, los señores controlaban la tierra, que era el recurso del que dependía la supervivencia de todos. Los siervos trabajaban esa tierra, producían valor y entregaban una parte al señor a cambio de protección y acceso. El acuerdo era desigual por diseño, pero funcionaba porque no había alternativa visible.
Hoy el recurso no es la tierra. Es la infraestructura de IA: los chips, los datos, el software, la energía y la capacidad de cómputo. Y está concentrándose en manos de un puñado de empresas con una velocidad que ninguna regulación está siguiendo. Aquí vale la pena separar lo que sabemos de lo que sospechamos.
Lo que está bien documentado es la concentración. Tres o cuatro empresas controlan los modelos más capaces, la infraestructura de entrenamiento y las plataformas de distribución al mismo tiempo. Eso no requiere ninguna teoría de la conspiración: es la consecuencia lógica de que construir y mantener estos sistemas cueste miles de millones al año. Las barreras de entrada son tan altas que ninguna empresa mediana puede competir en la misma liga. El mercado tiene una tendencia natural a consolidarse cuando los costes fijos son astronómicos.
Lo que merece vigilancia, aunque es más difícil de demostrar, es la captura regulatoria. Cuando el miedo a una IA mal desarrollada se presenta como existencial, los gobiernos responden estableciendo requisitos de seguridad, auditoría y cumplimiento que solo las empresas ya establecidas pueden asumir.
No hace falta que nadie lo planifique deliberadamente: el incentivo está ahí, y los resultados son los mismos. En el juicio que Elon Musk mantiene abierto contra OpenAI, llegó a declarar ante el tribunal que "la peor situación posible es un escenario tipo Terminator, en el que la IA nos mate a todos". La jueza tuvo que pedir que dejaran de hablar de extinción porque eso no era lo que se estaba juzgando.
Lo interesante no es si Musk cree o no en ese escenario, sino el efecto que tiene instalarlo en el debate público: cuando el riesgo es la extinción de la especie, perder el trabajo resulta casi tranquilizador. Y desde ahí es mucho más fácil aceptar condiciones peores, salarios más bajos, menos derechos, con la sensación de que al fin y al cabo podría haber sido mucho peor. El ancla del peor escenario posible no es solo una estrategia de captación de inversión. Es también una forma, consciente o no, de gestionar las expectativas de toda una sociedad ante un cambio que de otra manera resultaría inaceptable. Que el Departamento de Comercio de Estados Unidos trabaje en regulaciones que darían a Washington poder de veto sobre qué naciones pueden construir infraestructura de IA a gran escala encaja perfectamente en esta lógica, tanto si es intención deliberada como si es simplemente el resultado de que los intereses del Estado y los de sus grandes empresas tecnológicas coinciden en este momento.
Lo que es una hipótesis, y conviene reconocerlo así, es que todo esto responda a un plan orquestado. La explicación más probable es más mundana y más inquietante a la vez: los incentivos del mercado favorecen naturalmente este tipo de comportamiento. No hace falta un villano moviendo los hilos. Basta con que cada actor racional tome las decisiones que maximizan su posición, y el resultado agregado sea la concentración de poder que estamos describiendo.
En la fase de desarrollo te ofrecieron acceso gratuito o casi gratuito. Tenías tiempo de sobra para engancharte, para integrar estas herramientas en tu flujo de trabajo, en tu negocio, en tu vida cotidiana. Era demasiado bueno para no usarlo. Y funcionaba. Lo que no estaba en los titulares era que esa generosidad tenía fecha de caducidad. En el último mes, Anthropic ha migrado sus planes Enterprise hacia una facturación basada en el consumo real, y OpenAI ha adoptado una transparencia de precios similar a la de servicios de infraestructura como AWS. Se acabó la era de los subsidios a los tokens. Lo que antes era tarifa plana ahora es consumo medido. La dependencia ya está instalada, y el precio lo irá fijando quien controla la infraestructura.
Dicho esto, el escenario no es tan cerrado como el feudalismo clásico. Los costes de los modelos llevan dos años cayendo de forma sostenida. Existen alternativas de código abierto que cualquiera puede usar sin pagar a ninguna plataforma. La competencia internacional, con actores chinos y europeos desarrollando sus propias capacidades, impone límites reales a cualquier monopolio. El mercado tiene sus propios anticuerpos. El problema no es que no haya salida: es que la salida requiere capacidad técnica, inversión y tiempo que la mayoría de ciudadanos, trabajadores y pequeñas empresas no tienen.
Y mientras todo esto avanza, el tejido económico que sostiene a las sociedades, el empleo que financia pensiones, sanidad pública y educación, se erosiona sin hacer ruido. No de golpe, sino tarea a tarea, perfil profesional a perfil profesional, sin que nadie firme ningún decreto ni convoque ninguna rueda de prensa. Es la gota malaya de la IA.
La pregunta que debería estar en el centro del debate público, y que brilla por su ausencia, no es si viene una nueva Edad Media digital. Es más concreta y más urgente: ¿vamos a permitir que la productividad que genera la IA se acumule arriba, en forma de beneficios privados, mientras los costes sociales, el desempleo, la reconversión laboral, la pérdida de tejido productivo local, se reparten abajo? ¿Quién decidió eso? ¿Cuándo se consultó?
No tengo respuestas. Pero me parece urgente que empecemos a hacernos estas preguntas antes de que la única respuesta posible sea que ya es demasiado tarde.
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