Dos años con la IA: alucinado, asustado y sin certezas

"Nadie sabe nada". Así arranca esta reflexión sobre dos años con IA, el miedo al cambio y por qué merece la pena mirar aunque asuste.

OCURRENCIAS

Curiosidad Artificial con ayuda de Claude Sonnet 4.6

4/26/20263 min read

Persona mirando por telescopio hacia horizonte entre luz natural y resplandor digital de la IA.
Persona mirando por telescopio hacia horizonte entre luz natural y resplandor digital de la IA.

Entre los podcast que escucho de vez en cuando está el de Nadie Sabe Nada, con Andreu y Berto. La dinámica es muy simple: leen preguntas que les envían los oyentes e improvisan las respuestas. Teniendo en cuenta el título del programa puedes imaginar el tipo de respuestas inventadas que dan. Comedia de improvisación en estado puro.

Pues bien, ese título, "nadie sabe nada", es el que me ha traído hoy a una reflexión profunda sobre la IA. Te adelanto que lo que vas a leer a continuación es fruto de una conversación con una IA y que sin esa conversación el resultado habría sido más superficial y menos relevante. Te invito a que lo leas pensando que la IA nos potencia y nos ayuda a crecer. Y también pensando que, en el fondo, sobre lo que viene después de todo esto, nadie sabe nada.

Llevo dos años sumergido en la inteligencia artificial generativa. Dos años leyendo, probando, construyendo cosas que de otra forma habrían sido imposibles para mí. He visto generar código que me habría llevado semanas aprender. He visto analizar documentos complejos en segundos. He tenido conversaciones con herramientas que me han llevado a plantearme preguntas que no me habría planteado solo.

Y sin embargo, hace unos días me di cuenta de algo incómodo: a pesar de todo lo que he explorado, sigo haciendo muchas cosas a mano. Tareas repetitivas que la IA podría gestionar. Flujos de trabajo que no he llegado a automatizar porque requieren una preparación inicial que siempre pospongo. Resulta que incluso yo, que creo estar en la cresta de la ola, tengo los pies en la arena más de lo que me gusta reconocer.

Lo que me trajo a esta reflexión fue observar a mis compañeros de trabajo. Gente inteligente, capaz, con años de experiencia en tecnología. Algunos todavía no han probado la IA generativa ni una sola vez. No por rechazo activo, sino por algo más difuso: no sienten la necesidad. Han oído hablar del tema como quien oye hablar de una moda pasajera, con la certeza tranquila de que ya habrá momento de entenderlo mejor.

Pensé que era un problema de ellos. Tardé en darme cuenta de que quizá es un problema compartido.

Pienso en los primeros telescopios. Galileo le ofreció a sus contemporáneos la posibilidad de mirar a través del tubo y ver lo que nadie había visto: lunas orbitando Júpiter, manchas en el Sol, la Luna llena de cráteres. Muchos rehusaron mirar. No porque no supieran que el telescopio existía, sino porque lo que pudieran ver amenazaba con desordenar todo lo que creían saber. Preferían un universo conocido, aunque fuera incorrecto, a uno nuevo que empezaba haciendo preguntas incómodas.

El universo siguió siendo el mismo lo miraran o no.

Eso es lo que me perturba cuando pienso en todo esto. No tengo certeza de que quienes abracemos la IA desde ahora vayamos a salir mejor parados que quienes la ignoran. El mercado laboral se va a transformar de formas que ningún experto, incluidos los que construyen estas herramientas, es capaz de predecir. Mi puesto de trabajo y el de mis compañeros pueden acabar en el mismo lugar, independientemente de lo que hagamos ahora.

¿Entonces para qué mirar?

No para salvar el empleo. Quizá eso ya no esté del todo en nuestra mano.

Para alucinar. Para ver cosas que de otra forma no verías. Y también para entender de dónde vienen y cómo funciona los deepfakes, las estafas o la manipulación de la información. Para poder reconocer el territorio aunque no puedas controlar el clima.

Galileo no podía detener la Tierra. Pero al menos sabía que se movía.

¿Y tú, has mirado por el telescopio?